martes, 11 de febrero de 2014

Le abrí la puerta y calló a mis pies. Temblaba y evitaba mirarme a la cara, de modo que miraba al suelo. Le sangraban las manos y estaba sudando. Rapidamente cerré la puerta y le llevé al labavo. Le ayudé a sentarse en el váter y pacientemente le limpié las manos. La sangre venía de los nudillos. Iban ya tres peleas en este mes. Le quité la capucha e hice que me mirara. Con un paño limpié su sudor y mojé el moratón que le estaba saliendo en la mejilla. Seguía sin mirarme y sin decir nada, asi que yo tampoco dije nada.  Apretó los dientes y gruñó algo cuando le eché lo último que quedaba de agua oxigenada en la brecha de la barbilla. A el le escocería, pero a mi me dolía en el alma estar curando a mi hermano. Cuando hube acabado le vendé las manos y le recomendé darse una ducha. Seguía sentado en el vater cuando me giré para irme. Fue entonces cuando me agarró el brazo, me giró hacia él y me dio las gracias. Ahora le tocaba a él verme llorar. Me abrazó y me dijo «No llores, por favor, no volverá a ocurrir. Lo prometo». Distinta versión de lo que me dijo las otras veces, pero mismo significado. «Compraré más agua oxigenada» pensé aún entre sus brazos y sollozando más fuerte.