martes, 22 de enero de 2013

TIC, TAC...

Hay varios tipos de personas. Hoy voy a hablar de ella. Es como una restauradora. No conozco a más de su tipo, pero me consta que existen. Ella rescata personas. En el fondo somos como relojes. No hace falta estar viejo para que se agoten las pilas. Otras veces, simplemente decidimos dejar de funcionar. Yo decidí que prefería no funcionar. Pero no tuve valor para sacar mis pilas y hacerlo realidad. En vez de eso, me abandoné. No fue difícil, pero sí duro. Al principio no tanto, crees que es lo que quieres. Luego estás tan mal que has aprendido a vivir sin usar la energía de tus pilas. Pero eso no es vivir. Ella me encontró. Como buena relojera, me recogió y prometió repararme.  Yo jamás le pedí que hiciera tal cosa, pero ella era tozuda y generosa. Poco a poco fue sacándome palabras. Detrás vinieron las emociones. No podía evitar contar con ella. Luego fue como un imán. No podía dejar de hablarla, de escucharla. Me contagiaba sus ganas de arreglarme. Cada vez deseaba más volver a funcionar correctamente, como lo había hecho antaño. Pero me había hecho mucho daño y aunque sabía que no era el mismo reloj de antes, trataba de olvidarlo. Ella también lo sabía, pero evitaba mencionarlo. Quería que yo volviera a dar las horas como siempre. Me había cogido afecto. A mi me gustaba que engrasara mis engranajes y asegurara mis manecillas, con el tacto suave digno de una experta. A ella también le gustaba asegurarse de que todo iba a la hora. Pero cuanto más la quería más delicado era mi estado. Las agujas de mi reloj se confundían y las horas se adelantaban. Quizá cuando me encontró era ya muy tarde para mí. Sin duda se me había pasado el tiempo. Era algo que ya no tenía remedio. Insistí en hablar más con ella y dejar el taller por un tiempo, quizá para siempre. Ella cada vez más triste. Yo cada vez más solo. Cuando eran las tres, yo daba las seis. Cuando ella me ajustaba la hora, pequeñas lagrimitas mojaban mis engranajes. Así comprendí que ella estaba enferma. Se sentía egoísta por quererme y no poder quedarse lo suficiente como para tenerme. Sus horas estaban contadas y aún así se había acercado a mí. Acercarse a mí no fue un error ni una desgracia, fue lo mejor que pudo haber hecho por mí, me dio vida. Me había arreglado. Estaba contento y feliz, pero verla enfermar me mataba a mí también. Yo ya no era el mismo de siempre. Pero aquel día fui a verla con manecillas nuevas. Iba hecho un pincel, estaba dispuesto a confesarle mi amor, uno que había progresado con el paso de mis horas, uno que no volvería a callar. Entré en el taller. Pero ella no estaba para escucharme. Su cuerpo, vacío y sin pilas yacía en el suelo. En silencio la recogí. No me hizo falta ser relojero para saber que sus horas habían acabado.

213 a.c Reinado de Quin Shi Huang, China. Parte I

Me llevo la mano a la cara, al mismo sitio donde me golpeó el guarda, y me trago un quejido. ''Habla o te daré otra'' me dice amenazador a la vez que se remanga, ''no escondo ningún libro'', miento, firmar mi propia muerte no es algo de lo que tenga muchas ganas. ''Sabemos que sí, las paredes oyen'' me recuerda, ''y ven'' puntualiza el otro guardia mientras revuelve entre mis cosas. Imposible, he sido muy cauteloso. Sólo me presionan para que hable. ''Necio y tozudo como tu padre'' me decía mi madre, ''Los dos, defensores de causas perdidas, acabaréis mal, muy mal'' decía resignada. En parte acertó. Mi padre guardaba dos libros en su casa, algo castigado con pena de muerte. A mi madre y a mí no nos dijo nada, cuanto menos supiéramos mejor. Uno de los dos guardias cogió mi silla, a la que no estaba atado, y la estrelló contra mi cabeza. Un hilo de sangre, fino y frío como el hielo se deslizó por mi frente. Se equivocan si creen que voy a hablar, mi causa vale más, mucho más. Quizá sea un defensor de causas perdidas como decía mi madre, pero cuando creo en algo lo defiendo, a costa de cualquier cosa.  

213 a.c Reinado de Quin Shi Huang, China. Parte II

Como ven que no hablo continúan rebuscando en la sala principal, la única que no han dejado patas arriba, aún. Les deseo suerte. He llenado la estancia de escondrijos, llenos de baratijas y pan, cuando se cansen de encontrarlos y se den por vencidos se irán, o eso quiero creer.
Mi padre logró ocultar dos libros durante seis años. Hasta que un día encontraron uno de ellos. Mis padres fueron puestos ante la ''justicia'' y sometidos a pena de muerte. Madre sabía que padre acabaría mal, pero no pensó que la arrastraría a ella también. Poco antes de morir mi padre dio instrucciones que el segundo libro, el que aún seguía oculto, llegara hasta mí. La gente teme a la ley pero mi padre era un buen hombre que defendía sus principios y no merecía la muerte, todos lo sabían. Tiempo después el libro llegó a mis manos, y con él, la noticia sobre el paradero de mis padres. Protegeré este libro con mi vida, tengo valentía para mentir a la cara y la dosis justa de locura para ocultar un libro.

213 a.c Reinado de Quin Shi Huang, China. Parte III


Los guardias encienden el fuego y empiezan a quemar mis cosas, una por una. Pero no me intimida. Han revisado todo a fondo, sin éxito. Se dirigen hacia mí, y no sé si por rabia o frustración, pero me dan una paliza que me deja tendido en suelo, sangrando, con un brazo inmóvil y el labio partido, observando cómo de un portazo los guardias se van y se funden con la noche. Me quedo solo, junto al fuego. Me incorporo un poco y me rio. Al principio es una risa nerviosa, ahora roza la demencia. ''Los he engañado''pienso, y reanudo mi risa. Mis padres viven en la capital. Mi padre jamás ha tocado un libro, y mucho menos yo que sólo le cubro las espaldas a mi primo, a quien le he robado la identidad por un día ¡Qué duro es luchar por tus ideales! ¡Qué mezquina es la gente que reniega del saber!¡Pues aunque yo no sé leer, bien me hubiera gustado aprender! Me incorporo del todo y, cojeando, tiendo mi futón en el suelo y me acuesto pensando que he hecho bien defendiendo lo correcto y apenándome por aquellos que están ciegos y no lo saben ver.