Cuando yo
vivía, mi vida no tenía mucho sentido, debo admitirlo. Vivía aquí, en la misma
casa en la que me hallo ahora. Como no tengo, digo tenía, familia aquí, pues
nadie se ha molestado en hacer algo con el mobiliario. Aunque tampoco sé lo que
hace la gente normal con los objetos de los que se mueren. Mi única familia es
una hermanastra que vive en otro estado, y apuesto lo que sea a que ni siquiera
ha venido a mi funeral (era la típica que me ponía bichos en el puré) no lo sé
fijo porque hasta que no me incineraron no “desperté”. Tenía una sensación de dolor intenso, algo totalmente irreal, ya que no sé cómo es eso posible estando muerto. La verdad es que tuve una muerte bastante estúpida. Fui a comprar
comida para mi pez. No tiene nombre. No hablaba con él ni nada de eso, por lo
que nunca necesite darle un nombre. Me lo regalaron hace dos años al contratar
el gas con una compañía nueva. Tampoco sé que le ha pasado ahora, el chico de
la funeraria se lo llevó a su casa, creo. De todos modos no lo reconocería si
volviera a verlo. Bueno, que me voy por los cerros de ubeda, salí a comprar y
la cajera de la tienda tiene la odiosa costumbre de darme el ticket de compra
en la mano y encima la vuelta, de modo que no puedo utilizar esa mano sin
arrugar el ticket, cosa que detesto. Salí a la calle con el bote de comida en
una mano (nunca pido bolsas para cosas tan pequeñas, tengo alma ecologista) y mientras,
haciendo malabares con la otra mano abierta, para evitar que se me cayera la
bajísima suma de cuarenta céntimos o el ticket. Cruzando el paso de cebra que acaba
a dos pasos de la puerta de mi chalet (vivía en una zona residencial llena de
vecinos, pero no conocía a ninguno más que de vista), fue a caérseme una moneda
de la mano. Miré que no viniera ningún coche, me agaché y
la recogí. Juro que no tengo la menor idea de donde pudo salir el camión que me
atropelló. De verdad que lo juro.
Ahora me siento bastante solo y triste. No entiendo muy bien
porqué sigo aquí. Estoy muerto. Debería desaparecer, o a ir a donde se suponga
que van los muertos, porque yo llevo un tiempo por aquí y aún no he visto a ninguno.
Ahora me dedico a deambular por aquí, a ver cómo el mundo sigue perfectamente
sin mí, nadie me echa de menos. Ahora me arrepiento enormemente de no haber
hecho nada digno de recordar, o de haber buscado una familia, solo tenía 54
años, aún estaba a tiempo. Si ahora volviera a nacer haría cuanto de mí
dependiera por ser alguien o, por lo menos, sentir que no he desaprovechado mi
vida, porque tengo la sensación de que lo he hecho. Tampoco puedo desear estar
muerto, porque ya lo estoy. No sé qué hacer ni a donde ir, por lo que me quedo
en casa. No sé si la gente puede verme, pero me doy cuenta de que a veces hago
ruido cuando toco cosas, así que no salgo de casa para no asustar a nadie. Mi
vida fue lenta y solitaria, sin locuras ni impulsividades y ahora que he
muerto, sigo igual. Sólo que peor. Si ahora mismo pudiera decirle algo al mundo
sería un mensaje de vida, para que todos vivan al cien por cien siempre, que
amen y que rían todo lo que puedan y que nunca, nunca, tengan miedo de
equivocarse porque, a mi modo de ver, eso sólo hace las cosas más divertidas, aunque de eso no sepa yo
mucho. Y ya me despido porque últimamente me entran unos dolores vacíos similares a los del principio que me son incontrolables. Espero que sean síntomas de que podré descansar eternamente de una vez por
todas.
Saludos. Un fantasma, tanto en vida como en muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario