Los guardias encienden el fuego y
empiezan a quemar mis cosas, una por una. Pero no me intimida. Han
revisado todo a fondo, sin éxito. Se dirigen hacia mí, y no sé si
por rabia o frustración, pero me dan una paliza que me deja tendido
en suelo, sangrando, con un brazo inmóvil y el labio partido,
observando cómo de un portazo los guardias se van y se funden con la
noche. Me quedo solo, junto al fuego. Me incorporo un poco y me rio.
Al principio es una risa nerviosa, ahora roza la demencia. ''Los he
engañado''pienso, y reanudo mi risa. Mis padres viven en la capital.
Mi padre jamás ha tocado un libro, y mucho menos yo que sólo le
cubro las espaldas a mi primo, a quien le he robado la identidad por
un día ¡Qué duro es luchar por tus ideales! ¡Qué mezquina es la
gente que reniega del saber!¡Pues aunque yo no sé leer, bien me
hubiera gustado aprender! Me incorporo del todo y, cojeando, tiendo
mi futón en el suelo y me acuesto pensando que he hecho bien
defendiendo lo correcto y apenándome por aquellos que están ciegos
y no lo saben ver.
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