Me llevo la mano a la cara, al mismo
sitio donde me golpeó el guarda, y me trago un quejido. ''Habla o te
daré otra'' me dice amenazador a la vez que se remanga, ''no escondo
ningún libro'', miento, firmar mi propia muerte no es algo de lo que
tenga muchas ganas. ''Sabemos que sí, las paredes oyen'' me
recuerda, ''y ven'' puntualiza el otro guardia mientras revuelve
entre mis cosas. Imposible, he sido muy cauteloso. Sólo me presionan
para que hable. ''Necio y tozudo como tu padre'' me decía mi madre,
''Los dos, defensores de causas perdidas, acabaréis mal, muy mal''
decía resignada. En parte acertó. Mi padre guardaba dos libros en
su casa, algo castigado con pena de muerte. A mi madre y a mí no nos
dijo nada, cuanto menos supiéramos mejor. Uno de los dos guardias
cogió mi silla, a la que no estaba atado, y la estrelló contra mi
cabeza. Un hilo de sangre, fino y frío como el hielo se deslizó por
mi frente. Se equivocan si creen que voy a hablar, mi causa vale más,
mucho más. Quizá sea un defensor de causas perdidas como decía mi
madre, pero cuando creo en algo lo defiendo, a costa de cualquier
cosa.
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