martes, 22 de enero de 2013

213 a.c Reinado de Quin Shi Huang, China. Parte I

Me llevo la mano a la cara, al mismo sitio donde me golpeó el guarda, y me trago un quejido. ''Habla o te daré otra'' me dice amenazador a la vez que se remanga, ''no escondo ningún libro'', miento, firmar mi propia muerte no es algo de lo que tenga muchas ganas. ''Sabemos que sí, las paredes oyen'' me recuerda, ''y ven'' puntualiza el otro guardia mientras revuelve entre mis cosas. Imposible, he sido muy cauteloso. Sólo me presionan para que hable. ''Necio y tozudo como tu padre'' me decía mi madre, ''Los dos, defensores de causas perdidas, acabaréis mal, muy mal'' decía resignada. En parte acertó. Mi padre guardaba dos libros en su casa, algo castigado con pena de muerte. A mi madre y a mí no nos dijo nada, cuanto menos supiéramos mejor. Uno de los dos guardias cogió mi silla, a la que no estaba atado, y la estrelló contra mi cabeza. Un hilo de sangre, fino y frío como el hielo se deslizó por mi frente. Se equivocan si creen que voy a hablar, mi causa vale más, mucho más. Quizá sea un defensor de causas perdidas como decía mi madre, pero cuando creo en algo lo defiendo, a costa de cualquier cosa.  

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