sábado, 8 de junio de 2013

VIEJO POR FUERA, JOVEN POR DENTRO

<<COME UN POCO DE TARTA>> Me dice mi hijo mayor como si estuviera sordo. Y, aunque oigo perfectamente ellos lo creen, es culpa mía, yo les he hecho creer eso. Así la vida de viejo es más divertida.
La fiesta de cumpleaños de mi nieto está bastante bien, supongo. Está llena de críos de su edad que corretean por todas partes sin parar. Mi hija pequeña, es decir, su madre, ha contratado a un payaso que hace un rato ha asustado a un niño y ahora está solo haciendo figuras con globos en una esquina. Nadie le hace caso. Da tanta pena que estoy por acercarme a pedirle un globo, pero creo que no lo haré. Mientras toqueteo con la cuchara la porción de tarta de chocolate que mi hijo me ha puesto en un plato, observo como mi hija se acerca al payaso y le pide sutilmente que se vaya. Pobre hombre. De pronto suena el timbre y llega mi hermano Eusebio, tiene diez años menos que yo, es extremadamente delgado y tiene chepa. Por lo demás está como un chaval. Saca su acordeón de no tengo ni idea donde y se pone a tocarlo como si le fuera la vida en ello. Sinceramente, ya tardaba en aparecer. El se quedó en lo que denomina <<los buenos tiempos>> en los que si tocabas el acordeón eras Dios. Obviamente no es Dios, ni nada similar, y su forma de tocar el acordeón es un poco mediocre, pero ninguno le decimos nada. No merece la pena desilusionarle.  Eusebio a empezado a tocar, un niño se ha echado a llorar al oírle, otro a vomitado  la espesa y pastosa tarta de chocolate (que yo, por supuesto, me he negado a probar), mi hija mayor se ha atragantado y va camino de correr la misma suerte que el niño, y aún es media tarde. Ha llegado la hora de marcharme. Me levanto de la silla despacio, fingiendo las dolencias que mi familia cree que padezco, ( sé que puede sonar un poco estúpido el fingir cojeos y dolores pero es más divertido, no sé muy bien porqué, pero lo es). Rodeo el jardín y salgo sin despedirme, no me verán, y aunque lo hagan no van a llamarme la atención porque creen que estoy chiflado. Como suponía, nadie me ha visto. Una vez en la calle llamo a un taxi, es verdad que no estoy tan viejo pero no me apetece caminar. Le pido que me lleve a un parque del centro. Al llegar camino despacio, ya sin cojear, hacia nuestro banco. Me siento a un lado del banco, a esperar. Faltan diez minutos para las seis y media. Rosa llega al poco tiempo, se sienta a mi lado y me coge de la mano. Ya echaba de menos su aroma a nardos. Se lo dije y me sonrió. Nos dimos un beso y seguimos allí sentados un buen rato, disfrutando del canto de los pájaros y la brisa del parque.
Ser viejo tiene sus ventajas, puedo hacer lo que quiera, y estar con mi novia Rosa cuando quiera.

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