Por fin el avión comienza a aterrizar. Estoy ansioso, no puedo esperar. Hay turbulencias. No, por favor, hoy no. Tengo que llegar bien, lo necesito. Por fin el avión toca tierra y, mientras los demás pasajeros aplauden el aterrizaje, yo recojo mi equipaje. Abren las puertas y salgo el primero. Corro por el aeropuerto como si de una carrera de obstáculos se tratase. Por fin, la salida. Esquivo hábilmente la masa de personas que besa y abraza a aquellos que han ido a buscarles al aeropuerto. No me detengo, se que ella no está allí, pero no puedo evitar echar un vistazo, si estuviera allí y yo me fuera sería un fallo muy tonto.
Por fin el taxi llega a su casa. Subo al piso y allí está ella, con el pañuelo malva que usa para cubrir su cabeza desnuda por la enfermedad. Me ve y se levanta del sofá. Le brillan los ojos, no quiero que llore, eso ya lo hago yo. Abrazo a mi abuela con cuidado pero firmeza. Mis lágrimas le mojan la blusa, a juego con su pañuelo. <<Que guapa estás abuela>>, <<Tonterías>>, dice ella mientras me abraza con más fuerza. Lloro, ya sin preocuparme de que me oiga. No quiero separarme de ella, no quiero mirar hacia otro lado y ver que ha desaparecido, la siento frágil.
Le doy un beso y le repito que la quiero. Hoy, recuperaré el tiempo que perdimos, ella en el hospital, y yo en el extranjero. Nos sentamos en el sofá y le cuento qué he hecho en cada ciudad, cuántos sitios he visitado, cuántas chicas he conocido. Y ella me escucha, me da consejos y se ríe. Le cuento también lo absurdo que me parecía no estar aquí con ella al enterarme de que ya estaba en casa, de que ya podía recibir visitas, y cómo cogí el primer vuelo que pude coger. Ella me cuenta todo lo que me ha echado de menos, cómo algunos primos hace mucho que no van a verla, y cómo, a pesar de sus excusas ella sabe que no la visitan porque les da apuro estar con ella. Seguía hablándome de su niñez, de ese sentimiento que tenía de que la vida se le escurría y de su telenovela preferida, cuando empezamos a jugar al parchís. Pasamos toda la noche juntos, hablando un poco de todo, poniéndonos al día y bebiendo té. Oír sus reflexiones, tan ordenadas, su voz, tan taimada y relajada, frente al inminente fin que la esperaba, hacía que yo me derrumbase y me echase a llorar. Y me resultaba terriblemente embarazoso, pese a toda nuestra confianza, porque su situación era definitivamente mucho peor que la mía, y ella lo llevaba con orgullo y valentía, mientras que yo no podía parar de lloriquear. Pero ella me entendía sin falta de que yo me explicase y me consolaba con abrazos y palabras dulces.
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