Me siento en el bordillo de
la tienda. Coloco una taza enfrente de mi, tal vez consiga algo.
Menos mal que estoy a techo, llueve a mares. Dos señoras embutidas
en en chaquetones de piel y gorros de lana pasan por delante de mi
taza. Me miran de soslayo y contienen una mueca. Miro mi chaqueta, es
una sudadera marrón. Alguien la había dejado olvidada en un banco.
Es fea, pero no tengo otra. Mis zapatos están bien, calan y no
secan, pero están bien. Una mujer y su hijo pasan por delante de mi
taza. Ella cree que no he visto como mueve estrategicamente a un lado
para que no me vea. Deprimente. “No muerdo señora” Me apetece
decirle, pero como muchas otras cosas, me lo callo. Al otro lado de
la calle está Juan. Él también pide, como yo. Últimamente somos
muchos, demasiados. Las palizas se reparten cada noche. Juan me cubre
las espaldas y yo se las cubro a él. Nos repartimos el dinero,
aunque empieza a escasear. Me levanto y cruzo la calle, tal vez
tengamos suficiente para dos cafés. Juan está mal, muy mal. Cada
día va a peor. Tiene muchos problemas, como todos, pero no se da
cuenta de que el alcohol no los soluciona. Sin contar que las
abuelitas no dan dinero a borrachos. Entro con el en la cafetería y
pido dos cafés. La gente nos mira. No lo soporto valgo tanto o más
que ellos. Sus caras me hacen olvidarlo y sentirme hundido, tan unido
como Juan. Salimos de la cafetería. Me siento en el bordillo de la
tienda. Coloco una taza en frente de mí. Tal vez consiga algo. Menos
mal que estoy a techo, llueve a mares...
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