viernes, 7 de diciembre de 2012

MI NEGRO

Sostengo su carta entre mis manos. Aspiro su olor dulzón como la miel y trazo mentalmente sus rasgos, negros como el ébano. “He de irme”, releo, “Todo será más fácil cuando me vaya”. Suspiro atormentada. Se ha ido, pienso mientras repaso delicadamente sus letras, irregulares e imperfectas, que bailan desacompasadas por el papel. Éramos tan diferentes... Pero le echaré tanto de menos... Fue mucho más de lo que debería haber sido. No debí haberle invitado a mi habitación aquella noche, no debí hablar con él cada amanecer... no debí amarle como lo hice. Las damas no tratan con criados. Cerré los ojos. Los abrí y observé a mi esposo, sumido en un profundo sueño. Su respiración, pausada pero continua, hinchaba su pecho una y otra vez. Me levanté del buró despacio. Me había puesto mi mejor vestido, el amarillo azafrán. Llevaba el pelo recogido en una complicada trenza que me había peinado la noche anterior, justo antes de despedirme de él. Me acerco al balcón. Descorro las cortinas y me asomo. Espero que sea suficiente, pienso. Abro la ventana. Te equivocaste mi negro, si tu te vas no queda nada, ni fácil ni difícil, pienso. Salgo al balcón. Te quiero mi negro. Avanzo un par de pasos. Quizá esto no sea tan malo, pienso, tú fuiste lo único que me liberó de mi marido, ahora me libero yo. Te esperaré allí arriba mi negro, porque algún día tú también vendrás. Lanzo un beso al aire, para mi negro, esté donde esté. Y salto al vacío.

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